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MONOGRAFICO | FRANCISCO TORRES ROBLES :: "Remontando el Rio Orinoco" :: 2010 PDF Imprimir E-Mail
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sábado, 24 de julio de 2010

:: LECTURA ::
 
"Remontando el rio Orinoco"
 
del polifacético escritor,
FRANCISCO TORRES ROBLES
 
Y su libro,
"UN EXTREMEÑO EN EL AMAZONAS"
 
 

 
 
 

En Septiembre, se pondrá a la venta la segunda edición, más resumida de "Un extremeño en el Amazonas". Los beneficios, al igual que el anterior, serán para una ONG de Puerto Ayacucho (Venezuela).

A poca distancia de Esmeralda (pequeño poblado, en la margen izquierda del rio, cuyas chozas y casas de hojalatas están dispuestas en alargada fila), la boca del Iguapo mezcla sus aguas con el Orinoco. El aire es pesado y caliente. El bochorno de la tarde, saturado de humedad, aplana el ánimo y me sumerge en una calima blanquecina que aturde los sentidos. No corre ni una pizca de aire y el calor es insoportable ¡pesa como una losa de mármol! Las aguas del rio, a veces parecen densas y pesadas como si fueran de chocolate, otras se encrespan tenuemente con suaves olas que se pulverizan contra el bongo (pequeña embarcación de poco más de ocho metros de largo por uno y medio de ancho. El suelo, cubierto de tablas sueltas, impide andar sobre ellas sin que se descoloquen y pierdas el equilibrio, y encima de nosotros una improvisada toldilla de ramas de palmeras tan secas que el mismo calor y la alta humedad del ambiente les trasmite un color ennegrecido y sucio). La selva, a esta hora del mediodía, se vuelve silenciosa, hermética, misteriosa…, parece caer en un profundo letargo. -“El final está ya cerca”. –me digo a mí mismo-. Sin embargo, tengo la impresión que el final nunca llega. Llevo casi cuatro días, remontando estas aguas turbias donde el bongo se zarandea torpemente. Tumbado sobre el petate, busco un poco de sombra bajo la maltrecha cubierta de palmas, que, a duras penas, me protege de la irradiación y el sopor de la tarde. Hemos pasado varios caños de poca importancia y no me apetece ni tomar nota de sus nombres. He pasado de esos primeros instantes de fascinación ante la hermosura de la selva amazónica a una monotonía apática y ociosa, que, incluso, los sonidos enigmáticos de la impenetrable jungla, no me seducen.


Habremos navegado durante casi cuatro horas entre aquellas aguas, cuando comienza a teñirse el horizonte del rojizo color con que el sol difumina el cielo en su libre caída a través de la esfera. Poco a poco, el calor que emana de todos los pliegues de mi cuerpo se va evaporizando con el rápido descenso de la temperatura, que, en poco más de una hora, se convierte en un intenso frio, que penetra en todo mis huesos. Es tan radical el cambio de temperatura que no tienes tiempo material de adaptar el cuerpo, de pasar de un extremo a otro. En poco tiempo, la oscuridad reina por doquier y no es posible navegar con seguridad por estas aguas, que se han vuelta negras y tenebrosas.


Al cabo de media hora, se oye a lo lejos, por el oeste, la desembocadura de un afluente, el Páramo, que descarga tal cantidad de agua que zarandea el bongo como si fuera una pluma que navega sin control. Esta incidencia y la oscuridad del alrededor nos obliga a tomar tierra. El cauce del rio se ha ido ensanchando hasta tal punto que no distinguimos la otra orilla ni con las potentes linternas que llevamos. Es noche cerrada cuando comenzamos a cenar un poco de arroz cocido con agua. Antes, como todas las noches, me he embadurnado de todos los repelentes de mosquitos (habidos y por haber); pero a pesar de ello, siempre existen algunos que deben estar inmunizados contra ellos porque no hay mañana que no me encuentre con nuevas picaduras en el cuerpo.


Al despuntar el alba, son las cuatro y media de la madrugada, me despierta el trajín de mis compañeros, que ya están preparando los petates para continuar el viaje. Una riquísima naranja seca y un vaso de agua donde se ha desleído un poco de leche en polvo, es un desayuno para reyes en estas latitudes. Sin embargo, aquella mañana me siento como un perro apaleado. He dormido sólo a ratos y con un sueño cosido con alfileres. El compañero, Juan Carlos, atento siempre a todos los pormenores, me acerca la cantimplora del brebaje, que ha fabricado con ron y otras hierbas desconocidas, para darme un trago. ¡Qué tendrá esta matarrata que hasta me levanta el ánimo! Es ahora cuando me espanta la fuerza del agua del rio Padamo (los Yanomami lo llaman Hayamo-ko. Cuenta la historia que el español Bartolomé Tavera Acosta, allá a principio del siglo pasado, encontró un poblado en este mismo lugar, llamado Santa Gertrudis, que llegaron a censar treinta y seis habitantes; pero que antes de finalizar el año cincuenta de ese mismo siglo, ya habían desaparecido. Es costumbre que estas aldeas se muden y cambien de lugar en busca de mejores condiciones alimenticias; en otras, sin embargo, desaparecen por motivos de epidemias y enfermedades). El rio Padamo confluye en el Orinoco, formando casi un ángulo recto. Un poco, más allá, en las aguas tranquilas de los numerosos caños que forma este enorme afluente, una pareja de nutrias gigantes juguetean entre ellas con zambullidas y cabriolas, para desaparecer luego en busca de algún pez. Donde nos encontramos, se ha formado una bonita playa sin grandes rocas, bordeada de palmeras, caobos, yopos y enormes enredaderas que forman una enmarañada red verde entre los enormes troncos. No ha transcurrido dos horas escasas cuando el sol comienza a herirme, de nuevo, con sus rayos. La alta humedad del ambiente colabora para sentirme formando parte de una sopa inmensa. La buena noticia es que los zancudos y otros insectos desaparecen con la luz natural y me dejan en paz para desinfectarme los nuevos puntitos negros, que llenan casi todo el cuerpo. A todos se nos nota el cansancio y preferimos permanecer en silencio. De nuevo, comienza a ensancharse el cauce por la proximidad del rio Matacuni. Este situación nos obliga a avanzar más lentamente y siempre pegado a la margen del Gran Rio. Hubo un episodio inesperado que nos distrajo ante aquella monotonía. Acostumbraba a ir sentado en la parte delantera de la embarcación, entre los bidones de gas-oíl, sobre todo porque encontraba resguardo y podía sacar buenas instantáneas, de repente el lomo terroso de varios delfines aparece en la parte de proa. Eran unos cinco ejemplares que representaron una danza ondulante, saltando sobre la superficie del Gran Rio para desaparecer a continuación. En pocos minutos se alejaron del bongo y nos dejaron el recuerdo de haber vivido como un sueño. Cuando llegamos a la boca del Matacuni, experimenté, de nuevo, la sensación de miedo, tan a menudo, en este viaje, ante el poderío de estas aguas.

La unión de ambos ríos se produce bruscamente y nos obliga a navegar, sorteando troncos y ramas que navegan en sentido contrario; al mismo tiempo, las aguas nos zarandean de tal forma que en ocasiones puedes, desde tu posición, tocar la superficie del agua, y, en otras, la pierde de vista. Cerca de la confluencia de ambos ríos, se halla un pequeño poblado que los misioneros de las Nuevas Tribus tienen en la aldea de los “Koxirowë-teri”. Desde esta distancia, aparece abandonado; pero sus moradores saben ver sin ser visto mejor que nadie.

En esta parte de la selva amazónica, la riqueza de animales desconocidos son más abundantes y las instantáneas son continuas: posada sobre la rama de un árbol, un ave del tamaño de un águila, con su cabeza totalmente roja, el cuello gris y el cuerpo de un blanco que refleja la luz nos ve pasar con una total indiferencia. Los monos arañas, semejantes a los capuchinos del Orinoco, trepan con una increíble destreza, colgándose y saltando entre las ramas, sujetos sólo por la cola. Son muy apreciados en esta parte del mundo tanto por su piel, que sirve de adorno, como por su exquisita carne. De repente, nuestro guía, lanza una exclamación y dice. – ¡Hemos llegados! –mientras levanta los brazos en señal de triunfo.

Francisco Torres, del libro "Un extremeño en el Amazonas".

 


Modificado el ( miércoles, 29 de septiembre de 2010 )
 
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